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Por: Virginia Vidal Ha fallecido en Israel nuestra querida Katia. Olevskaia. Y la veo junto a mí, elegante, siempre con una joya en la solapa. Siento su voz. Qué admirable locutora. Su emoción, su énfasis los transmitía por la onda corta y llegaba no solo a los hogares chilenos que desafiaban la clandestinidad para oír de “la Mosca”, las emisiones de Escucha Chile y de Radio Magallanes. Éstas llegaban aun a la Isla Dawson, a los campos de concentración. Tales programas eran grabados y reenviados a otros compatriotas. Eran millares los que la amaban y sentían su mensaje solidario de esperanza. Su castellano perfecto lo había aprendido cuando niña en México donde sus padres cumplían funciones en representación de la Unión Soviética. Comenzó a trabajar en la radio en los años treinta. El alto edificio de la radio se elevaba frente a la estación Novokuznétskaya del metro. Durante la Segunda Guerra Mundial, Ekaterina Olevskaia vivió en la Radio Moscú. Allí nació su hija Marina. Katia me contaba que sus compañeros se turnaban para cuidar al a niña mientras ella realizaba su trabajo. Con el fin de la Unión Soviética, fue duro para ella tomar la decisión de irse a Israel.. Un cambio radical, un desarraigo absoluto. Le tocó vivir el exilio que tanto había combatido. Cuando vino a Chile, recorrió con emoción lugares que veía por primera vez, pero que conocía porque los había descrito: en primer lugar, la Moneda cuyo bombardeo dio a conocer. Aún no estaban autorizadas las visitas para el público, pero el carabinero de guardia la dejó entrar al Patio de los Naranjos. Katia amó a Santiago, recorrió la Plaza de Armas, entró en la catedral… Amiga, supiste tanto de nuestras vidas, pero apenas nos asomamos a la tuya. No podemos olvidar que tú luchaste contra la dictadura de Pinochet y pusiste todo tu coraje para alcanzar la democracia. Katia Olevskaia, presente. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ En recuerdo de Katya Olevskaia Guenadi Sperski En estos días de mayo acaba de llegar una muy triste noticia a nuestra redacción. Ekaterina Oliévskaya, ex locutora de Radio Moscú Internacional, falleció a la edad de 92 años. Katya nació en Ucrania y, siendo niña viajó con los padres a México, desde donde la familia regresó a la URSS, a principios de la década del treinta del siglo pasado. En Kiev, la simpática joven con un buen conocimiento del español entró a trabajar en INTURIST. Cierta vez viajó a Moscú con un grupo de turistas y por esas casualidades de la vida se encontró con Luís Cechini, el primer locutor de los programas en español de nuestra emisora. Desde entonces que su vida estuvo vinculada a Radio Moscú durante muchos años. Katya Olevskaya, como todos los soviéticos, debió soportar las duras pruebas de los años de la guerra contra Alemania y el período de restablecimiento del país después de la victoria. Katya fue testigo de grandes logros, como la creación de la bomba atómica propia, en respuesta a la amenaza de EEUU; del lanzamiento del primer satélite y del primer cosmonauta; el comienzo de las exploraciones en la región antártica por investigadores soviéticos. Ante sus ojos cambió el mapa geopolítico de América Latina. Y de todo esto y mucho más informaba Katya al auditorio hispanohablante, entre los que tenía numerosos amigos. Su talento se reveló con singular brillo con la salida al aire del programa “Escucha Chile”, en el período de la dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet. Los oyentes de ese país subrayaban que su voz infundía la seguridad de que, a fin de cuentas, el país retornará a la vía democrática de desarrollo. Y cuán magníficas se escuchaban en el éter las voces en los dúos de René Largo y Katya Olevskaya, y de José Miguel Varas y Katya. “Nuestra Katya”, la llamaban los oyentes. “Novia de Chile” la llamaban los chilenos. La fructífera labor de Katya Olevskaya fue distinguida con condecoraciones de gobierno, títulos honoríficos y distintos diplomas. Katya era muy querida entre sus colegas y entregaba, además, con gusto su experiencia a jóvenes locutores y traductores. Katya vivió los últimos años en Israel, con su hija Marina. Siempre recordaba a sus colegas de Moscú y mantenía contacto con ellos. Recordemos también nosotros, periodistas y locutores de “La Voz de Rusia” a nuestra Katya, quien perdurará para siempre en nosotros como una leyenda de las emisiones en español, una buena amiga y preceptora. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Escucha Chile... Ha muerto Katya Olevskaia Por: Luis Sepúlveda La voz de Katya Olevskaia era la voz de un ángel laico que desde las ondas de radio Moscú nos entregó dosis de esperanza durante los años más duros y oscuros de la historia de Chile. Katya se ha ido, lejos de su patria soviética que ya no existe, en un exilio impregnado de derrota, como todos los exilios, bajo un cielo muy lejos de los nubosos atardeceres moscovitas en los que su voz se iba encendiendo lentamente hasta alcanzar el fulgor de aquel saludo tan amado por tantas y tantos, que esperábamos el calorcito necesario que nos entregaba al decir “Escucha, Chile”. En medio del miedo, mientras los perros ocupaban las calles de Chile, alguien encendía una radio, buscaba en la banda de onda corta y, a muy bajo volumen, las compañeras y los compañeros se congregaban en torno al receptor para resistir, porque la Resistencia a la dictadura se fraguó en tardes frías, en noches demasiado largas, ejerciendo el deber de la clandestinidad primaria que consistía en informarse, en saber quién y cuántos habían muerto o desaparecido. Pero esa forma de resistencia, de clandestinidad a bajo volumen, nos entregaba también la certeza de no estar solos en medio del horror, y la voz de Katya anunciando “Escucha, Chile” era la única esperanza que nos llegaba. Esperábamos su voz de ángel soviético y laico en Chile y en los países del exilio. Como todos los ángeles Katia fue también un ángel puro e ingenuo. Era como un ser de novela, de las mejores novelas de un tiempo del que apenas quedan recuerdos, porque la formidable idea del soviet, de la patria soviética, del país de los obreros, campesinos, estudiantes y soldados, se diluyó sin pena ni gloria y sin que los firmemente creyentes de esa hermosa utopía -los ángeles como Katya- pudieran hacer nada por impedirlo. Katya era la solidaridad en su estado más puro, la entrega total y sin otra razón que la poesía de la lucha. Katya era el Poema Pedagógico de Makarenko, la novia invisible de los komsomoles de Así Se Templó el Acero, el emblema quijotesco del valiente soldado Chapaiev, la feroz ternura de La Madre de Gorki. Katya era todo aquello condenado a desaparecer por su propia envergadura. Cuando se derrumbó la Unión Soviética y el resto de los países del llamado socialismo real se entregaron a la brutalidad mafiosa del capitalismo en su peor expresión, la fase sin moral de la acumulación primaria, todo lo que Katya representaba fue considerado obsoleto, inmoral, deleznable, y ella fue testigo de la miseria moral adueñándose de todo lo que alguna vez tuvo un significado lleno de digna humanidad. Su voz invitando “Escucha, Chile”, se apagó y es posible que no quede una cinta de aquellos programas destinados a los que sufrían, y para los que esa voz, era la única esperanza que llegaba del ancho mundo. La vi en Moscú, poco antes de que marchara a su exilio final en Israel. Dimos un paseo por aquel Moscú invernal, y vimos a ancianos ateridos de frío vendiendo sus condecoraciones de héroes de la Unión Soviética. Nunca olvidaré a una anciana que vendía un lote de fotografías de la segunda guerra mundial. Eran fotos de Las Rosas de Stalingrado, de una escuadrilla de mujeres pilotos que con sus aviones fueron la pesadilla de los nazis. En las fotos se veía a esas hermosas muchachas soviéticas y la anciana que las vendía era una de ellas. Katya me miró con azul tristeza, yo apreté su mano y nos alejamos entre el mar de derrotados. Katya Olevskaia debió recibir el más alto reconocimiento de los chilenos, pero no fue así. Sus amigos queridos, Virginia Vidal, José Miguel Varas, Cristina de Largo, no le fallaron y le entregaron todo el amor solidario que les fue posible. Pero el país, empeñado en olvidar la épica y en construirse a sí mismo sin memoria, no respondió. Katya Olevskaia murió en un país lejano, bajo otro cielo, porque así se apagan las voces de los ángeles soviéticos y laicos. Escucha, Chile, enciende una vieja radio, busca en las bandas de onda corta, congrega a los tuyos para un necesario acto de resistencia y recuerdo. El silencio del éter te dirá que la dulce voz de Katya se ha ido para siempre. Enlaces: Testimonio sobre los programas "Escucha Chile" y "La Voz de Rusia" Volver a: Portada < --------------------------------------------------------------------------------> Volver a: Los años del terror y la resistencia |
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