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El terremoto cambió el eje de la tierra, el neoliberalismo cambió el eje del sentido de la vida de los chilenos
“Aquel que asegura su honor dedicando su vida al servicio dela humanidad, a la defensa de la justicia y al extermino de la tiranía, adquiere una vida de inmortalidad al dejar el marco de materia que el hombre recibe de la naturaleza.”
Simón Bolívar (03 Sep 1817)
Por: Carlos Riquelme Araya
Presidente
Comité Bolivariano de Solidaridad con Venezuela
Aún conmocionados, temerosos y con pena por los inocentes que vieron destruidas sus viviendas, sus pertenencias y –lo más doloroso– sus vidas, por la pérdida de un familiar, un amigo, o un compañero de trabajo.
Chile, esa loca geografía que es la costilla de América, tierra de poetas, altas cumbres, riquezas naturales y belleza incomparable. Pero, también, tierra de terremotos y temblores. Puede pensarse que la naturaleza, prodiga en muchos aspectos, también debe compensar con su cuota de incertidumbre y amenaza, quizás para advertirnos que somos hijos de la tierra, de la madre naturaleza y que andamos aquí como todos, con fecha de vencimiento (oculta, eso sí).
País, este, de grandes riquezas. El cobre, por ejemplo. Así, como la naturaleza premió a otros con petróleo, hierro, plata, diamantes, grandes praderas, a nosotros nos regaló el cobre. Durante muchos años, ha sido un manantial de dinero. En un tiempo, para el imperialismo y las empresas norteamericanas. Después, fue propiedad del Estado de Chile, y ahora casi dos tercios de su propiedad y los receptores de su riqueza son los grandes consorcios internacionales. Transcribo una propuesta de Jorge Lavandero:
“El ex senador Jorge Lavandero propuso un impuesto de 15% a las utilidades retiradas por las grandes compañías mineras, con el fin de financiar la reconstrucción del País.
Se hace necesario que haya una solidaridad internacional y que esta se exprese a través de nuestros propios recursos. Un impuesto al cobre, un impuesto para la reconstrucción sobre el cobre, ya que lo hemos vendido barato y poco nos han pagado, a lo largo de décadas, por extraer el cobre chileno y, además, sin pagar los impuestos adecuados. Ahora es cuando los países del mundo más desarrollado podrían contribuir solidariamente a aceptar este impuesto para la reconstrucción de este País.”
El abogado hizo hincapié en que el royalty “no es un impuesto, sino una retribución por la explotación de un bien al dueño de este”.
De justicia, podríamos decir nosotros. Yo avanzaría una propuesta complementaria: ¿Por qué no destinar el 10% de los ingresos del cobre, que va a las arcas de las Fuerzas Armadas, también a la reconstrucción de nuestro país?
Todo esto para ir entrando al fondo de la reflexión. La reconstrucción del País debe ser, en primer, lugar tarea del Estado de Chile. Él debe contar con los recursos necesarios al efecto. Está fresco el sabor a triunfo de nuestra entrada al club de los grandes –la OCDE– y miren como nos portamos a la primera de cambio, con un desastre natural.
La reconstrucción no debe ser el espacio que aprovecha la Iglesia Católica, que con sus empresas y organizaciones orquestan la ayuda que, en definitiva, algo de ella ira a parar a sus bolsillos, léase Hogar de Cristo, Un Techo para Chile y Caritas Chile. Claro, pues ese es el sentido de la TELETÓN, ayuda y negocios, que irán a favorecer a dos bancos, supermercado, tienda llamada de retail y otras. En resumidas cuentas, solidaridad y ayuda que de paso da dividendos en publicidad y ventas, así como otras ventajas. Un Techo para Chile estará a cargo de la construcción de 30.000 viviendas básicas, por ejemplo.
Caída de edificios, destrucción de casas, caminos y puentes, servicios básicos sin provisión. ¿Dónde está la responsabilidad social de las empresas constructoras y de servicios básicos?
¿Dónde está la responsabilidad de la empresa privada que construyó mal, que al momento de entregar los servicios básicos a la comunidad –electricidad, agua y telefonía, fundamentalmente–, demoró días enteros en reponerlos, sobre todo en las comunas pobres?
Y, por último, los medios de comunicación. Su responsabilidad fundamental es la información, veraz, oportuna y, ojalá, dejando de lado la búsqueda obsesiva de audiencia. ¿Han cumplido los medios de comunicación con esos objetivos, con honesto equilibrio, determinados sólo por la relevancia de los hechos? A mi entender, cual más, cual menos, nuevamente han usado una catástrofe para seguir abusando de una herramienta social que debería informar correctamente, no buscando impactar, transformando todo en noticias, incluso banalidades, que repite imágenes, y repetite, y repite... En los despacho en vivo, abundan lugares comunes, reiteraciones hasta la saciedad, quedando en evidencia el lenguaje limitado, carente de sinónimos, incapaces de exponer claramente. Se escuchó, irresponsablemente, “saqueo”, “anarquía”, “desgobierno”, sin explicar los significados de tales graves aseveraciones. En suma, casi todos a una voz, en competencia por quien muestra la imagen más impactante, quien hace llorar a más entrevistados, como ese que osó entrevistar a un “saqueador”, saliendo de un supermercado. ¡Patético!, ¿no?
Ya estamos acostumbrados. Ante la retirada del Estado, de sus principales responsabilidades – educación, salud vivienda e infraestructuras–, quedamos a merced, entonces, de la caridad pública. En efecto, en estos eventos nos ‘salva’ la solidaridad expresada en dinero, en aportes, en pañales y leche. Y, lo más probable es que después quedaremos con la sensación del ‘deber cumplido’.
Pero, nuestro país muestra –dramáticamente– que frente a las injusticias y desigualdades callamos. Que, como siempre, el desastre golpeará mucho más fuertemente a los pobres, a quienes con inmenso esfuerzo compraron una vivienda mal construida y que tendrá pocas posibilidades de obtener en razonable tiempo una nueva, mínimamente digna, quizás su mayor aspiración.
Y el mercado, como dicen, volverá a proveer, y construirá otra vez donde no debe, donde es peligroso e inconveniente. Pero, será rentable y eso es lo que busca el mercader, que sea –para él– buen negocio.
Ya no somos el país de ayer, solidario y amigable. Hoy los individuos están por sobre la comunidad. No por nada, la principal preocupación de la mayoría de las familias fue preservar sus pocas pertenencias, pero –¡vaya paradoja!–, lo primero a salvar del desastre era… el televisor. Sí, ‘la cajita idiota’, que desinforma, pero entretiene. Que le obliga a ver malos programas, chabacanería y farándula. Sabemos de los líos amorosos de las seudo estrellas de nuestro exiguo firmamento artístico, pero ínfimo se expone de los bajos salarios, de las condiciones precarias de trabajo y de la explotación. Casi nada se dice respecto a que el 60% de los trabajadores formales no traspasa la barrera de los $ 300.000 (alrededor de US$ 600) de salario mensual. Poco o nada se noticia de una educación entregada a la iniciativa privada, que discrimina y favorece a los que pueden pagar por ella. Nada se divulga de los procesos progresistas y revolucionarios del continente; más bien, se les ataca. No se difunde como los hermanos venezolanos enfrentan la crisis energética por la terrible sequia que les aflige y donde el Estado, ese sí con merecidas mayúsculas, está enfrentando, con todo su poder, las dificultades. Escaso se destaca que uno de los otrora país pobre, como Bolivia, se solidariza con nuestro país y Haití, en una campaña liderada por el compañero Evo Morales. Ejemplos hay muchos. Claro, queda un resto humanidad: los jóvenes que, con su ímpetu, han salido a las calles, a incentivar y recolectar ayuda. Los universitarios, con el ejemplo enaltecedor de la Universidad de Chile, ya están de nuevo en movimiento. Así como los jóvenes venezolanos que frecuentan universidades nuestras.
Que el terremoto cambió el eje de la tierra ya es un hecho. Pero, para nosotros, los que estamos en esta trinchera de la solidaridad permanente, es sólo una prueba más. Lo importante es contrarrestar el poder del individualismo, que afecta a un parte importante de nuestros compatriotas, que por lo tanto temen y se oponen al cambio social en la perspectiva del socialismo y la justicia social. No es posible seguir en una sociedad que explota y consolida desigualdades, inequidades e injusticias. La solidaridad la entendemos como una ayuda y colaboración entre iguales. No es del que tiene más y le sobra, o el de arriba con el de abajo, que está en desgracia. Hace años que estamos en la lucha política de la solidaridad, que se expresa en la búsqueda incesante de la igualdad y cooperación. En la búsqueda de la integración de nuestros pueblos, latinoamericanos y del Caribe, para juntos enfrentar estos dramáticos sucesos. Hace muy poco tiempo eran los hermanos de Haití quienes fueron azotados por un terremoto, que siguen sufriendo hoy, a más de un mes del suceso, cuando llegan las lluvias y muchos se están tapado apenas con una sabana; trágico. Nuestros hermanos, en el centro sur de Chile, dentro de poco, sufrirán otro tanto.
Esperamos, pasado este efecto mediático de la solidaridad hecha negocio, asumir nuestro rol, con la convicción de ir en ayuda de nuestro compañero y hermano, pero, también, con las armas de la verdad y del esclarecimiento. La naturaleza es impredecible, pero sí sabemos, con certeza, que tendremos otro terremoto, en cinco, diez, quince, o veinte años. Como, lo más probable, que tendremos una sequia, o inundación. Día, mes o año, no conocemos, pero esos hechos acaecerán. Los esperamos, entonces, y trabajaremos porque tales calamidades nos encuentren preparados, no tan sólo en lo material, sino que, básicamente, en lo social. Por tanto, la tarea es –en el presente– desarrollar nuestra solidaridad amplia y efectiva, pero, también, difundir los valores y la ética de la solidaridad fraternal y de compañeros.