“EL ARTE NO SOLO ES SANADOR, ALIENTA LA LUCHA Y NO ABANDONA”

fotosssAna María López

Pertenezco a la generación de los 60, esa que unía el arte con la cultura y con la sociedad. Esa que no tenía dudas que son derechos a los que debe

acceder el pueblo y que estaba convencida que los trabajadores del arte se deben a los demás. Esa que tenía la firme convicción que al pueblo le corresponde hacer y ver el arte como parte de sus vivencias diarias

Quienes estudiábamos teatro en ese periodo, teníamos claro que éramos portadores y formadores de nuevos espacios teatrales, lo que hoy se llamaría teatros comunitarios. Eso era parte de nuestra formación como profesionales, en el tiempo

en que lo comunitario formaba parte de nuestro acerbo cultural.

De esos años recuerdo con nostalgia el contacto con el pueblo, por eso, sé que fue un gran aprendizaje sentirse trabajador del arte, porque nos permitió conocer la realidad y fortalecernos. También, nos ayudó a profundizar en nuestra responsabilidad con la sociedad, esa que nos daba la oportunidad de crecer en nuestra pasión.

Como dirigente del Sindicato de Actores y Actrices de Chile (Sidarte), tengo la percepción que nuestra organización se inserta en un “espacio isla” donde lo colectivo se esfuerza por sobrevivir al individualismo que rige el actual sistema económico. Sin embargo, reconozco que diariamente aprendo de mis compañeros del directorio, aunque sean más jóvenes que yo, quizás hijos de la dictadura y de las nuevas formas de comunicación, podemos compartir experiencias sin dificultad.

Sin embargo, temo que en la actualidad la palabra experiencia no tiene valor y se transforma, también cambian los conceptos y todo se confunde. Los que venimos de esos maravillosos años 60 somos silenciosos, aunque se piensa que solo podemos hablar de la dictadura, pero no es así, pero sí hubo un Chile maravilloso y nosotros fuimos parte de esa historia.

Esa historia que significó el renacer de los jóvenes, de la libertad, de la música, de lo colectivo y del goce de la belleza. Los recuerdo en las plazas, cantando en los parques, tocando instrumentos, haciendo teatro callejero, copando todos los espacios, mezclados con la población, no como artistas, sino como un personaje más de la cultura nacional.

Se trataba de una generación llena de ideas, con proyectos y creatividad a orden de piel, y que cambió abruptamente cuando la dictadura asoló nuestro país. De pronto nos apagaron la luz, llegó la a oscuridad y el desconcierto, ser actor era delito, creer en el arte era peligroso, ejercitarlo aún más. Estoy convencida que el arte no solo es sanador, sino que alienta la lucha y no abandona, a veces lo abandonamos nosotros, pero está allí.

Apesar de las restricciones impuestas, las compañías y los elencos se rearmaron porque era necesario descubrir nuevas formas y espacios para desarrollar el arte, porque necesitábamos encontrarnos con los de esa época, y en el exilio, en mi caso, aprender a defenderme con el idioma, adquirir mayores conocimientos para volver a nuestro golpeado país a luchar con el teatro en con- tra de la dictadura.

Teatro Popular Periférico

Durante la dictadura se organizó el festival de teatro Pedro de la Barra, en el que participaron muchos actores de Latinoamérica que enfrentaban restricciones similares a la vivían sus colegas chilenos. Con ellos recorríamos poblaciones, colegios, sindicatos mostrando nuestro arte y abriendo espacios para discusión, reflexión y nuevas formas de lucha.

A mi regreso del exilio en Suecia, me integré a La Compañía Teatro Popular Periférico, luego ingresé a la Compañía de Teatro El Riel, nacida en dictadura.

Con ambos elencos visité poblaciones con obras de Brecht y Chejov, y cuando la presentación terminaba, los actores se reunían con los pobladores para compartir experiencias de vida.

No olvido lo que significó la experiencia de participar en reuniones clandestinas en las sedes sindicales, después hacíamos un ensayo y se pre- sentaba la obra. El sindicato abría sus puertas a los vecinos con exposiciones de pintura, con murales hechos por ellos, con conversaciones, tecitos, sopaipillas, el maravilloso pan con chancho, era el cariño del pueblo en una tarde en que la cultura se tomaba los lugares y nos daba un espacio de libertad.

Por eso, tengo la convicción que las protestas, las ollas comunes de las tomas basadas en la solidaridad y compromiso, las pantrucas, los porotos y las conversaciones, forman para de la cultura nacional y conforman lo que denomina resistencia cultural.

Estas y otras son razones más que suficientes para agradecer a las personas de diferentes partes de nuestro país, a quienes se me acercan, me saludan y me recuerdan que en los tiempos difíciles tomé tecito en su casa, que visité su po- blación, su sindicato, a ellos quiero decir- les que los recuerdo, que los abrazo, eso para mí, tiene el valor de mil autógrafos y se agradece con el corazón.

Ana María López Actriz y directora de Teatro. Compañía El Riel. Tesorera de SIDARTE, Sindicato de actores de Chile.

 

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